LA OTRA “MANADA” Y LA HEREJÍA DE LA LIBERTAD

LA OTRA “MANADA” Y LA HEREJÍA DE LA LIBERTAD

Cuando era niño yo aún confiaba en la sabiduría de los mayores. Me sentía seguro sabiendo lo que estaba bien y lo que estaba mal, que los malos iban a la cárcel y que los buenos iban al cielo… Mis excelentes maestros de mi educación primaria me acompañaron en esa seguridad haciendo un dibujo perfecto del estado de derecho (la división de poderes –legislativo, ejecutivo y judicial- y la sujeción de toda acción a una norma jurídica clara, previamente aprobada y de conocimiento público), algo que sentía con un agradecimiento profundo, sabiendo que poquitos años antes (yo nací en el año 1977) posiblemente no hubiera disfrutado de ese paraíso.

Experimento con el paso del tiempo una decadencia de ese edén (sutil y perversa) en la que, posiblemente, estemos participando todos –yo mismo-.  La opinión general, la interpretación particular, el interés propio y la falta de rigor (incluso me atrevería a decir la falta de habilidad, de inteligencia y la torpeza del ser humano) parecen imperar sobre la verdad y el hecho. Como cantarían Shakira y Maná, “hay mentiras en los diarios, en las redes y en el bar… hay engaños que por años ocultaron la verdad, haciendo mucho daño… en un mundo tan irreal yo no sé lo que creer”…

Miro la televisión y veo miles de expertos, expertos en sí mismos y su propia experiencia, blindados a la escucha, a la exploración, al interés y a la verdad, afanados en defender su propia bandera, ésa que les aleja de sus conciudadanos, de sus congéneres, de sus propios hijos, parejas e incluso de sí mismos. Veo hordas de almas perdidas  que se aferran a clavos ardiendo que le den un mínimo de seguridad, aunque sea la que da pensar igual que la de su vecino, aunque este pensamiento lo arrastre al odio, al desastre, a la sinrazón, al desorden y la infelicidad.

Escucho rezar a todo aquel que se adentra en un proceso judicial, en busca de la verdad, para que los dioses designen un juez cuya experiencia vital permita darles la razón y su abogado sea lo suficientemente diestro como para convencerlo; como dentro de un  mismo tribunal hay discrepancia -incluso guerra y descalificaciones cuando la opinión no es la misma- entre los distintos jueces que lo componen y como los propios jueces se manifiestan para pedir respeto a la independencia del poder judicial ante la presión mediática y las agresiones que viven en el desarrollo de sus funciones. Y en todo esto, ¿dónde queda la verdad?

A veces he sido tachado de manipulador, generalmente ante los ojos de aquellos que, estando en las antípodas de mi manera de mirar, consiguen ver aunque sea por un instante a través de mis ojos y se sienten desnudos al perder lo único que creen tener: su manera de pensar. Y, si lo miro desde su perspectiva, igual llevan razón: soy un manipulador, pues trato de acercar al otro a la manera en que veo las cosas. Realmente pienso que todos somos unos manipuladores: padres y madres, maestros y maestras, distintas religiones, abogados y abogadas, naciones, medios de comunicación… la pregunta que yo me haría es: y cuando manipulo, ¿cuál es mi propósito?… ¿llevar la razón?… ¿sentirme acompañado en mi resentimiento?… ¿obtener un beneficio propio?… ¿o que las personas se sientan capaces, positivas y más felices?…

De lo que desde luego creo no ser sospechoso, esencialmente por mi condición de maricón (y digo “maricón” porque así me llamaron algunas veces aquellos machotes que se sintieron amenazados por mi condición y trataron de hacerme sentir más pequeño y débil) es de ser machista. Y digo “creo” porque no me extrañaría que en algún momento alguna persona, por más absurdo y descabellado que pudiera ser, se haya valido de mi condición de hombre para añadir crédito a su razón. Posiblemente por esta experiencia vital me espanta ver esas “manadas” de machirulos, que se aprietan la entrepierna (posiblemente para asegurarse de que la siguen teniendo, vaya a ser que pierdan todo lo que tienen), que le miran el trasero a cualquier mujer y escupen a mi paso para dejar claro que ni el bigote de una gamba… Me resulta fácil reconocer y denostar a todas esas manadas que no se parecen a la mía. La pregunta que me hago es: ¿me resulta igual de fácil reconocer y denostar mis propias “reacciones de manada”?…

Las “reacciones primarias de manada” son todas esas reacciones que nos hacen, instintivamente, agruparnos en “manada” para hacernos sentir seguros. Las respuestas primarias de manada pueden llegar a ser muy peligrosas pues sin duda nos roban la libertad y nos lideran a la guerra. Es nuestro cerebro primario (animal) quien se encarga de activar estas respuestas. Necesitamos distinguir al menos 2 partes en nuestro cerebro: nuestro cerebro primario o animal (compuesto por nuestro cerebro basal, que compartimos con los reptiles, y nuestro cerebro medio o límbico, que compartimos con los mamíferos, como por ejemplo los perros) y nuestra corteza cerebral o cerebro humano.

A lo largo de mi trayectoria profesional, en la que he trabajado con organizaciones (empresas y colegios, esencialmente) he visto como los grupos tienen una tendencia a dividirse en dos y a enfrentarse un lado al otro. Curiosamente casi nunca, por no decir “nunca” he visto un equipo de trabajo dividido y enfrentado en más de 2 facciones (si dejamos al margen quienes eligen no posicionarse)… ¡qué curioso!… ¿podría ser que tengamos una tendencia natural a dividirnos en dos?… Eso explicaría muchas reacciones tanto cotidianas como otras en mi opinión mucho más reprobables: por ejemplo cuando un amante de la vida y de los animales le desea la muerte a un torero porque mata a animales. Si te fijas bien podrías darte cuenta de que todos participamos de esas reacciones absurdas en que clamando justicia nos convertimos en las personas más injustas sobre la tierra.

Todas esas piedras que tiramos sobre jueces por resoluciones sobre juicios que se acaban convirtiendo en mediáticos  en los que ni hemos estado, ni conocemos los hechos, ni interés alguno que tenemos en conocerlos… ¿nos acercan o nos alejan del estado de derecho?… Todas esas veces en que el “contagio emocional” (otra respuesta de nuestro cerebro primario o animal) nos supera y nos arrastra en una ola de odio y de rechazo… ¿realmente nos lleva a la libertad?… ¿acaso alguna de esas reacciones convierte en seres humanos?…

Quiero ser honesto al decir que me siento algo desesperanzado (debe ser la crisis de los 40) ante este griterío, donde la verdad parece ser de quien más grite o de quien más adeptos consiga sumar y nos veo, como cantaría Víctor Heredia, a “todos frente al “peligro” sobreviviendo… tristes y errantes hombres sobreviviendo”…

Pero, ¿y cómo conseguiríamos dejar la supervivencia y VIVIR?… ¿qué sería de este mundo si lográramos trasgredir nuestras reacciones primarias –en muchas ocasiones reptiles, lo que no nos dejan ni a la altura de la categoría de perros- y consiguiéramos convertirnos en seres humanos?… Quizá para eso necesitemos utilizar nuestra corteza cerebral, nuestro cerebro humano, y sepamos aprender a escuchar, a reflexionar, a centrarnos en la verdad y en los hechos, a liberarnos de creencias y experiencias vitales para poder ponernos en el lugar de otras personas que ven las cosas desde nuestras antípodas y a entender que nuestras emociones pueden apoyarnos sólo y exclusivamente si las usamos inteligentemente, algo que no ocurrirá jamás mientras nos movamos en paradigmas primarios. Salgamos de la caverna de una vez por todas, hagamos el esfuerzo de liberarnos de toda la manipulación que podamos y tengamos la capacidad de ser libres de elegir…

Recientemente aprendí que la palabra “hereje” viene del griego (Hairetikós) y que significa “el que es libre de elegir”. En este contexto de “verdades establecidas” nada más pecaminoso que arrojarse a la libertad de elegir. Yo propongo volver a la democracia, esa que el filósofo Rubert de Ventós, definía como “una iglesia en que todos somos herejes” y, aquellas personas que no lo vean desde el mismo prisma que yo también les pido que no me quemen en la hoguera porque sólo hay una cosa que tengo claro: yo puedo estar equivocado. La pregunta que yo te haría es, y tú, ¿puedes también estarlo?…

 

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