¿PARA QUÉ SOÑAR DESPIERTOS?

Dice S. Covey en Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva que “todo comienza con un fin en mente” y decía Séneca que “no hay viento favorable para quien no sabe a dónde va”. Una vez que hemos hecho el trabajo interior de darnos cuenta de que hay muchas más posibilidades de las que percibimos a priori y que, en realidad, somos mucho más poderosos y capaces de lo que pensamos, la pregunta a hacernos sería: ¿qué nos gustaría alcanzar?

Cuando hago esa pregunta a mis coachees suelo encontrar diferentes respuestas. En la mayoría de los casos lo que me encuentro es que no sabemos lo que queremos. Es posible que, con el paso de los años, las interpretaciones que hemos hecho y nuestra estructura de escasez y seguridad, hayamos olvidado lo que queremos, lo que es posible. Digo “con el paso de los años” porque noto una pérdida de ilusión general con la edad. Cuando trabajo con niños o adolescentes aún se mantiene viva esa llama que, en mi experiencia, se va apagando con el tiempo.

Hace un tiempo fui a hacer una presentación sobre educación emocional a un colegio privado de Sevilla. La idea era hacer una misma presentación para todos los alumnos desde 5º de Enseñanza Primaria (10 años) hasta 2º de de Enseñanza Secundaria (13 años). Para ello, la Jefa de Estudios había organizado a todos los alumnos por nivel educativo y en orden ascendente (desde los 10 años hasta los 13) y a todos les hicimos la misma pregunta: ¿a quién le gustaría tener algo nuevo que no tenga hoy? A primera hora les tocó el turno a los niños de 10 años y como respuesta nos encontramos toda una sala llena de manos enérgicas que levantaban el dedo reiteradamente con la voluntad de que le diéramos la palabra para expresarse. Lo tenían claro: algunos querían cosas materiales, otros pedían cosas menos tangibles, y alguno que otro transcendían la voluntad propia y pedían cosas para la humanidad o los animales. Al recibir a los de 11 años a segunda hora pudimos ver que ante la misma pregunta ya hubo varias manos que se quedaron sin alzar, posiblemente ante el pensamiento de que esa acción no les llevaría a ningún sitio, pero esto es una interpretación. En el grupo de 12 años otras tantas manos se añadieron al número de las que había abajo en el grupo de 11 años, con una bajada considerable de entusiasmo y pasión. Y así hasta llegar a los de 13 años en el que alzaron la mano puntualmente algún que otro alumno… Recuerdo que fue impactante para mí el darme cuenta de que niños tan pequeños aún, comenzaban a convertirse ya en adultos grises, sin sueños, sin pasión.

¿Qué ha ocurrido en medio?… ¿qué nos ha pasado?… ¿cómo hemos llegado a convertirnos en el adulto que “somos”?… ¿qué ha pasado con ese niño, con esa niña que soñaba sin límite hace años?…

Éste es uno de los grandes valores de mantener los sueños activos. Las personas que acostumbran a soñar son personas vivas, se les nota en el rostro, en el brillo de sus ojos y en su forma de moverse. Son gente de luz que inspiran y ponen color a la gente que les rodea, gente capaz de reanimar el espíritu de aquellos que tienen la suerte de encontrase con ellos. Motivación y autoestima están íntimamente relacionadas con la capacidad de soñar y es importantísimo para VIVIR desempolvar esos sueños que guardamos en el arcón hace años o inventarnos sueños nuevos que nos levanten de la cama cada día con la energía de un niño.

 

Aleteo 4 Alberto Ortega Inteligencia Emocional

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