El enfado, el fuego y otras maneras de amarse a sí mismo.  

El enfado, el fuego y otras maneras de amarse a sí mismo.  

No soy católico. Ni religioso. Sin embargo me gusta hablar con personas que sí lo son sobre las enseñanzas de la biblia y suelo encontrar, siempre que transcendamos las interpretaciones particulares o institucionales y vayamos más allá de los dogmas, el misticismo y el pensamiento mágico, una gran relación entre las propuestas que hace la religión y el desarrollo de competencias emocionales. También me ocurre cuando hablo con personas de otras religiones, generalmente cuando viajo, y veo que, al final, hay un nexo común entre todas ellas: “ser bueno conmigo y con los demás”. Así mismo respondía un chico tailandés y budista hace unas semanas en Australia a mi pregunta de “¿qué es lo que te ha enseñado tu religión?”. Bien podemos asociar esa respuesta al desarrollo de competencias intrapersonales e interpersonales y con el resumen que yo haría de lo que aprendí en mi enseñanza primaria en un colegio de los padres escolapios. En este nexo común sólo he encontrado una gran discordancia en la religión católica en el hecho de dar la vida por las demás. No es el sacrificio (entendido como inmolarse para los demás y no como sinónimo de esfuerzo) lo que se entiende sano desde el punto de vista de la inteligencia emocional. Sin embargo, incluso lo que yo interpreté como discordancia, una monja, directora de una escuela infantil de Sevilla, interpretaba en una conversación hace ya algunos años como coherencia: Jesús murió por ser su palabra consigo mismo y no por los demás… que no era el otro quien determinaba la acción de entregarse a la muerte sino su propia visión y quien Jesús era, que no se vendía ante la desaprobación o la comodidad (entendida aquí como “zona cómoda” o común).

Hoy, al recoger a mi madre de misa y preguntarle el aprendizaje del evangelio, he oído hablar de fuego y división y esto, frente a las palabras de amor y unidad que suelo escuchar, me ha llamado poderosamente la atención:

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra».”

Lucas 12, 49-53

 

A veces interpretamos como incoherente el enfado y la ira con la inteligencia emocional y pensamos que una buena gestión emocional pasa por no molestar o incomodar a las personas que tenemos alrededor… nada que ver con eso, al menos como yo lo veo. El enfado, como emoción básica que es, tiene que tener cabida en nosotros y, frente a la aprobación y la sumisión, son los límites, la ira y el fuego lo que nos puede hacer tener éxito en la visión del mundo que soñamos.

A lo largo de mi vida he perdido gente cuando he elegido ser yo mismo o no ha coincidido mi elección con lo que otros consideraban beneficioso para sí mismos. Con el tiempo, no sin dolor, he aprendido que es un precio que me toca vivir en la libertad. Realmente la libertad asusta. También he perdido gente cuando he elegido ser sumiso y complaciente. La diferencia está en que cuando elegí ser auténtico la gente que huyó fueron todos aquellos abusadores y maltratadores que se dieron cuenta de que conmigo NO; frente a la gente que he perdido  cuando elegí ser sumiso que eran personas dispuestas a respetarme.

 

“—¿Pero tú me amas?—

Preguntó Alicia.

—¡No, no te amo!—

Respondió el Conejo Blanco.

Alicia arrugó la frente y comenzó a frotarse las manos, como hacía siempre cuando se sentía herida.

—¿Lo ves?—

Dijo el Conejo Blanco.

—Ahora te estarás preguntando qué has hecho mal para que no consiga quererte al menos un poco, qué te hace tan imperfecta, fragmentada. Es por eso que no puedo amarte. Porque habrá días en los cuales estaré cansado, enojado, con la cabeza en las nubes y te lastimaré. Cada día pisoteamos los sentimientos por aburrimiento, descuidos e incomprensiones. Pero si no te amas al menos un poco, si no creas una coraza de pura alegría alrededor de tu corazón, mis débiles dardos se harán letales y te destruirán. La primera vez que te vi hice un pacto conmigo mismo: «¡Evitaré amarte hasta que no hayas aprendido a amarte a ti misma!» Por eso Alicia, no te amo.»

Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, Lewis Caroll

Tanto en la elección de amarse a uno mismo y ser riguroso con quienes somos, como en la de entregarse a otros por aprobación, hay precios que pagar y recompensas que obtener; en ambas hay pros y contras. En realidad, si nos lo planteamos como un balance de pérdidas y ganancias no es tan complicado. Me gusta definir “inteligencia emocional” como la capacidad de armonizar las respuestas emocionales (esas que a veces nos gritan con fuego en nuestras entrañas) y las racionales (la capacidad que tenemos de pensar qué reacciones nos llevan a la  vida que queremos). Escuchar mi enfado y poner límites me funciona cuando la recompensa es ser yo mismo (no se me ocurre una recompensa mayor). Entregarme a otros que también sepan amarme y cuidarme cuando el precio es, simplemente, dejar de llevar la razón o sentirme fuera de mi zona de confort (no se me ocurren precios menos valiosos) también me funciona. “Nada en exceso” y “conócete a ti mismo”. Los dos proverbios del Oráculo de Delfos, lugar de consulta a los dioses de la antigua Grecia, y que, nuevamente, coinciden de manera extraordinaria con la propuesta que hace la inteligencia emocional.

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